Un lector de Revista Fantastique puede enfrentarse a esta película de dos maneras: es lo nuevo de David Robert Mitchell, y es un previsible hit de ciencia ficción y acción de este verano. El primer enfoque, la verdad sea dicha, se agota enseguida. Por si alguien se acaba de despertar de la criogenización y se ha perdido el cine fantástico de autor de los últimos 12 años, diré que Mitchell es el autor de It Follows (2014), uno de los títulos de culto del cine de terror de este siglo XXI, y también de Lo que esconde Silver Lake (Under the Silver Lake, 2018), film aún más minoritario pero con una excelente reputación crítica. Así pues, Mitchell, como Robert Egger, como Ari Aster, y algunos otros, es de esos autores que hay que seguir, porque parece que van a decir cosas muy personales. El final de la calle Oak tiene cosas de Mitchell, por supuesto: el escenario en suburbio y cierto enfoque onírico de la acción. Pero en general es una película que habría sido muy parecida si la hubiera querido dirigir, por ejemplo, J.J. Abrams en persona. Aquí el director sucumbe a una cierta “normalidad” respecto a cómo se entiende el cine comercial, y firma el que es hasta ahora su acercamiento menos personal. No es necesariamente malo, ya que como vamos a ver a continuación la película está bastante bien. Pero si alguien espera más Mitchell puro… aquí va a encontrar que tal cosa ha sido puesta al menos en pausa. No le podemos culpar: obsérvese que desde 2014 sólo ha dirigido dos películas, no debe de ser muy fácil recabar financiación siendo del “club de los raros”, y el amor incondicional de una minúscula minoría de espectadores no compensa eso. Aunque a Egger parezca irle muy bien, y Aster, como Jordan Peele, se han metido también a productores, lo cual les da algo más de bola para elegir proyectos, estaremos atentos a si David Robert Mitchell nos hace un Carpenter (alternar proyectos personales pequeños con otros de gran estudio) o se nos pasa directamente al cine de palomitas.
Sin embargo, hacer uso del otro enfoque, tomarse El final de la calle Oak como simplemente una película veraniega de ciencia ficción y acción, es salir del cine bastante más contento y con muy poco que reprochar. El argumento es uno de esos que parecen remitir a The Twilight Zone: un misterioso fenómeno cósmico transporta un tranquilo vecindario estadounidense de principios de los años 80 directamente al Mesozoico, obligando a sus habitantes a enfrentarse a dinosaurios y otras criaturas ancestrales. Ya el hecho de empezar en los 80 debería decirnos algo: el film alude también a la nostalgia y a la clase de espectáculos visuales que ofrecían las películas de aquella época. No en vano el productor es J.J. Abrams, que ya había manifestado su amor incondicional por el cine ochentero de Steven Spielberg en su más que apreciable Super 8 (2011). De hecho es una buena mención la de ésta última, porque para mí el film de David Robert Michell juega prácticamente en esa misma liga: es “menos Goonies” que Super 8, claro; también es “menos E.T.”, porque aquí el protagonismo recae en una familia al completo y no solo en los niños. Pero sí usa su atmósfera suburbana idílica, su iluminación cálida, su sentido del suspense y la progresión, y el desarrollo emocional de personajes en función a su posición dentro de la familia (como sucedía en títulos como la citada E.T., Poltergeist, Gremlins o Regreso al futuro)
Es esta parte del imaginario Spielberg la que desarrolla más La calle Oak: La familia, sus problemas, pero por encima de todo la necesidad de estar juntos. Los primeros veinte minutos, aún sin necesidad de elementos fantásticos, están entre lo mejor del film, entregados a definir las dinámicas entre los protagonistas, sobre todo los problemas del matrimonio. Anne Hathaway y Ewan McGregor como padres, Maisy Stella y Christian Convery como hijos, parten de bases de definición de personajes sólidas (en seguida entendemos quién es cada uno y qué les estaba pasando justo cuando sucede… aquello) y tienen evoluciones coherentes.
Cuando finalmente llegan los dinosaurios y comienza el verdadero caos prehistórico, la película rebaja un poco ese enfoque íntimo, porque Mitchell también tiene que mostrar una sucesión de criaturas espectaculares (teniendo como “jefes” máximos a un alosaurio y a una no menos inolvidable serpiente prehistórica, probablemente una titanoboa) y momentos de gran peligro. Y eso también lo hace muy bien la película. Y encima, no es nada complaciente. Había cierto riesgo de sonreirle a las audiencia más amplias posibles, incluyendo niños, que siempre son un público al que le gustan los dinosaurios. Pero El final de la calle Oak es PG-13, como en su día también lo fue Parque Jurásico, lo que permite ya cierto grado de pesimismo, momentos dramáticamente duros, escenas de monster movie de terror muy interesantes, y algo de oscuridad.
Visualmente, El final de la calle Oak es un espectáculo innegable. Los efectos especiales, creados por Industrial Light & Magic, están a la altura de lo que se espera de una producción de este calibre. Los dinosaurios tienen un diseño actualizado según el estado del arte paleontológico actual (hay mucha pluma, criaturas con pelo, etc), y mezcla esa precisión científica con la necesaria dosis de creatividad artística, resultando en criaturas que se sienten tanto reales como cinematográficamente impactantes. La serpiente gigante prehistórica, con su apariencia blanca y resbaladiza y sus múltiples mandíbulas, es particularmente memorable y aterradora. La banda sonora de Giacchino acompaña las escenas tan eficazmente como nos tiene acostumbrados. El diseño de producción es impecable, logrando que la colisión entre la estética suburbana de los 80 y el mundo prehistórico se sienta tanto absurda como visualmente coherente.
En conclusión, El final de la calle Oak es una película perfecta para esta época del año, y que incluso soportará el paso del tiempo y las revisiones. Si bien no marca ningún hito, es entretenida, espectacular, competente como homenaje al cine de aventuras de los 80 y al subgénero de dinosaurios, y razonablemente carismática y emocionante en cuanto a la relación que establecerán los espectadores con los personajes. Los fans del género encontrarán suficientes momentos de asombro y acción para justificar la entrada al cine, especialmente aquellos que anhelan una película de dinosaurios que priorice el espectáculo y en la que estos animales vuelvan a dar miedo. Sin embargo, quienes busquen otro futuro film de culto de David Robert Mitchell, pueden sentirse defraudados.





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