Renny Harlin no es un director sublime, de acuerdo, pero se ha ganado nuestro aprecio a base de perseverancia y buena letra a la hora de facturar una buena cantidad de títulos que nos encantan, especialmente en las décadas de los 80, 90 y principio de los 2000: Pesadilla en Elm Street 4, La jungla de cristal 2, Las aventuras de Ford Fairlane. Máximo riesgo, Memoria letal, Deep Blue Sea o Cazadores de mentes, estuvieron muy bien. A mí incluso me gusta La isla de las cabezas cortadas, vaya. Ahora, a sus 67 años, edad en la que si tuviera cualquier otra profesión ya estaría jubilado, ya está para lo que surja. Trabajo es trabajo. Así, le acabamos de ver metido de patas esa descabellada idea de remakear Los extraños (The Strangers) en forma de una trilogía (2024-2026), y ahora nos lo encontramos aquí: en la película de tiburones de este verano.
Deep Water (titulada En mar abierto en España) intenta revivir el espíritu del cine de catástrofes de los años 70 y 80, fusionándolo con el subgénero de “sharksploitation” que el propio Harlin ayudó a popularizar con Deep Blue Sea (1999). La premisa es atractiva: un vuelo transatlántico de Los Ángeles a Shanghái sufre una explosión en la bodega y se ve obligado a amerizar en el océano Pacífico, donde los supervivientes quedan a merced de un banco de tiburones grises atraídos por los restos del fuselaje. Sin embargo, el resultado final es una película que, aunque técnicamente correcta, tiene un guion que hace aguas por todas partes (casi que esta frase se puede tomar como una broma).
Lo mejor está en su primera media hora, razonablemente interesante. Harlin construye la atmósfera y presenta a los personajes. De hecho, se presentan personajes que luego no van a hacer gran cosa en la trama, de ahí que les dijera que el guion hace aguas. Entre los pasajeros encontramos los arquetipos habituales: una pareja en crisis, miembros de un equipo deportivo, hermanastros que no se llevan bien y el clásico personaje egoísta que desespera a todos. Esta sección inicial logra generar cierta tensión y establece las reglas del juego de manera clara. O eso te piensas, insisto: luego la mitad de las reglas del manual de instrucciones ni se usan. Los efectos especiales son más que correctos en la parte del accidente de aviación, con imágenes de alto impacto. Sin embargo, a partir de ahí todo lo demás en Deep Water canta por soleares: desde lo falso que es ese océano, en realidad rodado en un tanque de agua, hasta esos tiburones digitales absolutamente indefendibles.
El problema del guion de Deep Water se comprende un poco más cuando ves que lo han escrito un equipo de seis personas. Tanta gente, en lugar de sumar, suele restar e indica re-escrituras que seguramente descartaron las líneas argumentales enteras de personajes, que rompieron con la coherencia interna de la trama, y que estratificaron innecesariamente una historia que en el fondo era realmente simple. Al final, solo ha queado una tonta colección de clichés del género. La escasa credibilidad de algunos acontecimientos y la falta de originalidad en el desarrollo hacen que sea muy fácil adelantarse a lo que va a ocurrir, eliminando cualquier elemento de sorpresa o tensión genuina. A diferencia de Deep Blue Sea, que era burlona y te proponía jugar con los giros y sorpresas, esta película se toma demasiado en serio a sí misma a pesar de su vacuidad.
El reparto, encabezado por Aaron Eckhart y Ben Kingsley, hace lo posible con material limitado. Ambos muestran su profesionalidad, saliendo adelante a pesar del calibre del material. El papel de Kingsley es más corto, con lo que se pudo marchar antes a casa. Eckhart por contra tuvo más días de rodaje, y en cada uno de ellos tuvo una nueva oportunidad de preguntarse “¿qué le está pasando a mi carrera?” Angus Sampson y el resto del elenco cumplen con sus roles, pero como el guion no permite que ningún personaje trascienda, tampoco los actores pueden hacer mucho más que limitarse a estar, como fichas en este tablero de la supervivencia.
En conclusión, Deep Water es declaradamente una película de serie B sin complejos, lo que debería orientar nuestras expectativas hacia una capa en la que un producto como ella podría funcionar. Pero nace muerta desde la producción, y ni los buenos instintos para el género de la vieja escuela de Renny Harlin, consiguen hacerla funcionar. Entretiene, pero ni satisface ni genera recuerdos, la ves y la olvidas inmediatamente, como una película de sobremesa de sábado, durante la hora de la siesta.




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