Sébastien Vanicek tiene un trabajo imposible entre manos: coger una de las sagas más queridas del terror de los 80 y hacer algo que no se sienta ni como un ejercicio de nostalgia barata ni como un intento desesperado de modernizar lo que ya funcionaba tal cual estaba. Este mismo reto ya lo habían superado con cierto éxito Fede Alvarez y Lee Cronin. ¿Se vuelve a dar el milagro? Posesión infernal: en llamas es suficientemente Evil Dead como para no sentir que se ha perdido el foco, pero suficientemente novedosa en algunas ideas como para no caer en la mera repetición.
La premisa: tras la muerte de su marido, una mujer tiene que soportar a la insoportable familia de él en una cabaña familiar que, por supuesto, tiene un sótano. Y por supuesto, hay un libro. Y por supuesto, alguien lee en voz alta. Hasta aquí, cualquier fan de la saga podría recitar el guion de memoria. Pero Vanicek, que viene de hacer cosas interesantes en el terror europeo, decide darle una vuelta al asunto: esta vez el Más Allá no se conforma con poseer a uno o dos personajes; quiere sangrar directamente en nuestra realidad, y de hecho los demonios tienen objetivos y un plan general. Además, esta entrega se une con la trilogía original (¿o con su remake de Alvarez?), porque la presencia del libro (y lo demás) en la cabaña se justifica porque el abuelo de la familia había sido el investigador de los ritos cantarianos que en primera instancia liberaron el mal antes incluso de que empezase la primera película. El resultado es una película que, mira tanto a su lore como derriba muros y propone cosas nuevas (los deadites ahora son una legión orientada a un fin mayor).
Pero ante todo, la película es un festival de terror gore. Los efectos prácticos son, como era de esperar, el verdadero motor de la función. Hay una secuencia de posesión que involucra un desollador eléctrico y una bañera que debería garantizarle a Vanicek un pase directo al panteón de los directores de terror. La sangre no es roja, es carmesí neón, casi fluorescente, y los miembros amputados vuelan con una coreografía que debe tanto a Raimi como a los videojuegos de Dead by Daylight.
El reparto cumple sin destacar. La protagonista femenina, que carga con el peso emocional de la historia, tiene momentos de genuina vulnerabilidad que la salvan de ser otra víctima más en la larga lista de la saga. Pero el resto del elenco parece estar actuando en dos películas diferentes: unos están en un slasher de bajo presupuesto, otros en una comedia de terror de medianoche. El tono oscila tanto que a veces no sabes si debes reírte o pasar miedo, y no siempre de manera intencionada. Hay un personaje secundario que debería ser el alivio cómico pero que termina siendo simplemente irritante, y una secuencia de exorcismo que parece sacada de otra película, con un ritmo tan acelerado que te pierdes la mitad de lo que ocurre. Pero más allá de esta limitaciones, sabíamos a lo que veníamos, y nos lo dan. Algunos fans han reprochado la falta de humor, que tampoco estaba presente en las dos anteriores, desde el reboot de 2013. Pero otros han valorado precisamente eso. Uno de los críticos con la falta de humor es precisamente Bruce Campbell, protagonista de la mítica trilogía inicial, que ha declarado que él habría explorado el lado gamberro que seguía, por ejemplo, Ash vs. The Evil Dead. Sin pretender desautorizar al jefe (hail to the king!) yo no echo de menos los chistes para nada.
Para los fans de la saga, Posesión infernal: en llamas es una montaña rusa. No es Evil Dead 2, ni siquiera se acerca a Army of Darkness en términos de legado. Pero tampoco es el desastre que algunos temían. Es una película de terror que sabe exactamente qué es y a quién va dirigida: a gente que quiere ver demonios, sangre y motosierras, y que no le importa demasiado si el guion tiene agujeros del tamaño de un portal dimensional. Si vas buscando terror puro, lo encontrarás en dosis suficientes. Tan solo hay que superar el prejuicio habitual ante estos remakes y secuelas tardías: que la nostalgia no nuble tu vista.




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