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En el mismo marco conceptual del que han surgido los “creepypastas” y modas como la del “terror analógico”, surge el inquietante mito digital moderno de las backrooms, y esta película saca el concepto de Internet y lo proyecto hacia fuera. Si bien no es el creador del concepto, Kane Parsons, el creador de los cortos de The Backrooms que se volvieron virales en 2022, tenía 16 años cuando subió el primero. Ahora, con 20, acaba de estrenar su primer largometraje en cines, y el resultado es una de las experiencias de terror más inquietantes y originales que hemos visto en años. No es perfecta, pero es algo mejor que eso: es auténtica.

Clark, un hombre que atraviesa una crisis personal y profesional, descubre una puerta en su tienda de muebles que conduce a los Backrooms: un laberinto infinito de habitaciones, pasillos y oficinas que parecen versiones deformadas de lugares cotidianos. No hay monstruos saltando de las esquinas (al menos no al principio), no hay reglas claras, no hay explicaciones. Solo un espacio que debería ser familiar pero que se siente profundamente incorrecto, como un recuerdo que no es tuyo. Y ahí, en esa sensación de extrañeza, es donde la película encuentra su verdadero terror.

Lo que hace especial a Backrooms es que Parsons entiende perfectamente qué tipo de horror conecta con una generación que creció consumiendo terror en YouTube. No es el terror de los sustos fáciles ni de las reglas mitológicas explicadas en tres actos. Es el terror de lo liminal, de los espacios que existen entre los espacios, de las oficinas vacías a las tres de la mañana, de los pasillos de hotel que parecen no tener fin. La película está construida sobre esa premisa: lugares que deberían ser seguros pero que, al aparecer vacíos, repetidos o ligeramente alterados, generan una sensación de pánico primario. Es el mismo tipo de incomodidad que sentías viendo los cortos originales, pero amplificada a una escala que solo el cine puede lograr.

El diseño de sonido es, posiblemente, lo mejor de la película. Parsons, que aprendió a hacer sonido en su habitación con un micrófono de 50 dólares, ha trabajado con un equipo profesional para crear una atmósfera auditiva que es tan importante como lo visual. Los Backrooms no son silenciosos: hay un zumbido constante, como de fluorescentes defectuosos, pasos que podrían ser tuyos o de otra cosa, ecos que no deberían estar ahí. Hay una escena, a media película, en la que Clark se sienta en una habitación vacía y simplemente escucha, y durante casi dos minutos no pasa nada excepto que el sonido se va distorsionando gradualmente hasta que no estás seguro de si lo que oyes es real o está en tu cabeza. Es una de las secuencias más valientes del terror reciente, porque confía en que el público sea capaz de aguantar esa tensión sin necesidad de un susto.

Visualmente, la película es un ejercicio de minimalismo que debe tanto al found footage como al cine de autor. Parsons no abusa del CGI: los Backrooms se sienten reales, táctiles, como si realmente hubieran alquilado un edificio de oficinas y lo hubieran vaciado. La iluminación de fluorescentes, las paredes de color mostaza, las alfombras genéricas de los 90: todo está diseñado para evocar una sensación de familiaridad perturbada. Hay una secuencia en la que Clark corre por un pasillo que parece repetirse infinitamente, y en lugar de usar efectos digitales, Parsons opta por un truco de cámara antiguo que hace que el pasillo se sienta aún más claustrofóbico. Es el tipo de decisión que solo alguien que creció haciendo videos con recursos limitados tomaría: en lugar de gastar dinero en efectos, gastas ingenio.

Pero la película no es perfecta, y sería injusto no decirlo. El segundo acto se alarga más de lo necesario, con secuencias que repiten la misma idea (Clark explorando, Clark perdiéndose, Clark asustándose) sin añadir nada nuevo. Hay un momento, alrededor del minuto 70, en que la película parece no saber qué hacer consigo misma, como si Parsons hubiera llegado al límite de lo que la premisa podía sostener y estuviera rellenando hasta el clímax. Y el clímax, aunque visualmente impresionante, introduce un elemento mitológico que quizás habría funcionado mejor sugerido que mostrado. Los Backrooms son más aterradores cuando no entiendes sus reglas, y la película, en su afán por dar una resolución, termina explicando demasiado.

Para los fans del terror, Backrooms es una de las películas más interesantes del año. No es la mejor película de terror de 2026 (hay otras que la superan en términos de narrativa y personajes), pero es posiblemente la más original. Parsons ha logrado algo que muy pocos directores de su generación han conseguido: tomar un fenómeno de Internet y convertirlo en cine de verdad, sin perder la esencia de lo que lo hacía especial. Sí, la película tiene problemas de ritmo, sí, el final es demasiado explicativo, sí, hay momentos en que se siente más como un ejercicio de estilo que como una historia completa. Pero también tiene algo que muy pocas películas de terror tienen: una voz propia, una visión clara, una comprensión intuitiva de qué tipo de terror funciona en 2026. Y eso, en un género que a menudo se siente como un producto hecho por comité, es más que suficiente para perdonarle sus defectos.

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