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A parte de que es verdad que somos mitómanos, y nos gusta aprendernos un nombre propio y rastrearlo, y suscribirnos a todo lo que haga, no creo que con André Øvredal nos hayamos equivocado. El director noruego se dio a conocer con Trollhunter (2010), aquel divertido found footage que jugada con mucho humor el el folclore de su país. Se consolidó con la impresionante La autopsia de Jane Doe (2016), que es todavía su película más deslumbrante, y continuó su carrera con títulos interesantes y muy dignos de estima, como Historias de miedo para contar en la oscuridad (2019), Mortal (2020, en la que le da una vuelta muy curiosa a la mitología nórdica y el cine de supehéroes) o El último viaje de la Démeter (2023, en mi opinión muy minusvalorada). Eso conforma una filmografía muy coherente, interesante de revisar y con un valor promedio de medio a alto. Es decir, una filmografía, en realidad, del tipo de las que más me gustan.

Passenger (2026), es el siguiente eslabón en esa cadena, y aunque no es sobresaliente ni marcará un hito, es eficaz y consigue lo que se propone sin engañarte sobre sus intenciones. Además, es una de esas películas de terror que entienden que lo más inquietante no es lo que se muestra, sino lo que se intuye, algo que es una de las constantes en el cine de Øvredal. Tenemos una pareja simpática con su propio conflicto interno (él aspira a un modo de vida nómada, anárquico y sin ataduras sociales, y ella… simpatiza con su romanticismo y está dispuesta a pasar así una temporada, pero ni mucho menos para siempre), y un viaje por carretera. Las carreteras son ya de por sí escenarios maravillosos para el terror, casi tanto como los cementerios o los castillos, sobre todo si son secundarios caminos solitarios, en los que por mucho que puedas escapar a todo correr con tu coche, no puedes evitar sentirte pequeño e indefenso. Entonces ocurre algo, y el viaje se torna claustrofóbico, aunque lo que da más miedo no es exactamente el monstruo que les persigue, como la presencia imposible de eludir como idea. Igual que ya hizo en The Autopsy of Jane Doe o Trollhunter, el autor demuestra aquí un dominio notable del ritmo y la atmósfera, construyendo un terror que se instala poco a poco y no necesita apoyarse mucho en los sustos para resultar perturbador.

Como decía, uno de los grandes aciertos de Passenger es su capacidad para convertir el espacio de la carretera y la furgoneta en un escenario de pesadilla. Lo que al principio parece un road movie de fuga se va cerrando sobre los protagonistas hasta que cada kilómetro recorrido se siente como una trampa. La película juega muy bien con la idea de que no hay ruta segura ni destino posible: el “pasajero” aparece una y otra vez, como un eco maldito que sabe exactamente dónde golpear. Esa sensación de inevitabilidad, de estar atrapados en un bucle del que no pueden escapar, genera una tensión creciente que se mantiene de forma muy eficaz a lo largo de todo el metraje.

El trabajo actoral contribuye como debe a que esto funcione. La pareja protagonista logra transmitir tanto la complicidad de una relación que intenta reinventarse en la carretera como el desgaste progresivo que produce el miedo constante. No caen en el recurso fácil del pánico histérico; más bien, vemos cómo van agotándose las opciones racionales y cómo la duda y la culpa empiezan a corroer su vínculo. El diseño sonoro y la banda sonora acompañan de forma magistral este proceso: hay silencios que pesan como losas y ruidos mínimos que se convierten en amenazas. Es un terror que se siente físico, casi táctil.


Más allá del susto puntual, Passenger tiene un trasfondo interesante sobre la huida y la imposibilidad de dejar atrás lo que somos. La carretera, que en el cine americano suele simbolizar libertad y reinicio, aquí se transforma en un espejo de los fantasmas interiores de los personajes. La entidad que los persigue funciona también como una proyección de sus miedos, errores y secretos no resueltos. Sin caer en explicaciones excesivas, la película sugiere que ese “pasajero” es, en cierto modo, parte de ellos mismos: algo que creían haber dejado atrás y que, sin embargo, viaja siempre en el asiento de al lado.

En conjunto, Passenger es una propuesta muy sólida dentro del terror contemporáneo: visualmente cuidada, narrativamente contenida y conceptualmente sugerente. No intenta abarcar demasiado ni explicarlo todo, y precisamente en esa contención gana fuerza. Es una película que se queda grabando después de los créditos, no solo por algunas imágenes inquietantes, sino por la sensación persistente de que hay viajes de los que no se vuelve igual. Para quienes disfrutan de un terror atmosférico, inteligente y con poso emocional, Passenger es un estreno muy recomendable de 2026.

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