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Hay algo profundamente triste en ver una película como Masters del Universo en 2026. No porque sea mala, necesariamente, sino porque llega casi cuarenta años demasiado tarde, como un eco de una época que ya pasó. ¿A quién va dirigida? ¿A los niños, que ni siquiera saben quién en He-man y dudo que llegan a interesarse? ¿O a sus padres, que son los que jugaron con estos juguetes, pero que ya no tienen edad de según qué tipo de peliculas? La película de Aaron Nee y Adam Nee (los hermanos detrás de The Lost City) tiene todo lo que debería funcionar: un reparto competente, efectos especiales de primer nivel, un presupuesto que no parece tener límites, y el peso de una franquicia que, para bien o para mal, todo el mundo reconoce. Y sin embargo, algo no encaja. Algo se perdió en el camino entre Eternia y la pantalla.

En realidad, para tratar de acercarla a la actualidad han empleado en ella la plantilla de cualquier otra película de superhéroes: Adam (Nicholas Galitzine), príncipe de Eternia, descubre que es el elegido para convertirse en He-Man, el hombre más poderoso del universo. Con la ayuda de la Hechicera y un puñado de aliados (incluida una Teela que hace lo que puede con un personaje escrito como accesorio), debe enfrentarse a Skeletor (un Aaron Taylor-Johnson que claramente se lo está pasando mejor que nadie en el reparto) antes de que este consiga el poder absoluto. Hasta aquí, cualquier fan de los 80 podría recitar el guion de memoria. El problema es que los Nee parecen más interesados en justificar la existencia de esta película que en contar una historia que merezca ser contada.

El tono es el primer gran obstáculo. La película no sabe si quiere ser una aventura épica al estilo El Señor de los Anillos, una comedia de acción tipo Guardianes de la Galaxia, o un drama mitológico con peso emocional. El resultado es una mezcla incómoda que termina satisfaciendo a nadie. Hay escenas que deberían ser épicas pero que se sienten como parodias de sí mismas (la transformación de Adam en He-Man, en particular, está rodada con tanta solemnidad que resulta involuntariamente cómica). Y hay momentos que deberían ser divertidos pero que caen en un humor tan forzado que duele. El villano, Skeletor, es el único que parece entender el assignment: Aaron Taylor-Johnson se lanza de cabeza al papel con una energía maníaca que es, si no otra cosa, entretenida. Pero incluso él no puede salvar una película que parece estar luchando contra su propia identidad.

Visualmente, la película es un festival de CGI que prioriza la cantidad sobre la calidad. Eternia se siente como un videojuego de móvil: colores saturados, texturas planas, una falta total de tacto o peso. Las batallas son coreografiadas con una precisión técnica que no logra ocultar su vacuidad emocional. Hay una secuencia, a media película, en la que He-Man levanta un castillo entero con las manos desnudas, y debería ser el momento “¡yo tengo el poder!” que todo fan espera. En cambio, se siente como un trámite, un requisito de guion que hay que cumplir antes de pasar al siguiente acto. El problema no es que los efectos sean malos (no lo son), es que no hay nada detrás de ellos. No hay asombro, no hay peso, no hay consecuencia.

Para los fans de la franquicia original, Masters del Universo es una decepción que duele precisamente porque venías con expectativas razonables. No pedías una obra maestra, pedías una película que capturara la esencia de lo que hacía especial a He-Man: la aventura, la amistad, la lucha entre el bien y el mal contada con una sinceridad que ahora parece ingenua. Quizás una aventura de “espada y planeta” a la manera de Flash Gordon. Esta película tiene todo eso en teoría, pero en la práctica se siente como un producto hecho por comité, con demasiadas manos metiendo cuchara y muy poca visión clara. El final, en particular, es revelador: no es un final de triunfo, es un final de compromiso. Y quizás eso sea lo más triste de todo: que una franquicia que se construyó sobre la idea de que un solo hombre podía tener el poder suficiente para cambiar el universo termine en una nota tan pequeña, tan contenida, tan… humana.

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