Con este violento film de aventuras y acción, Neil Marshall se mantiene fiel a su estilo y a su concepción del cine como vehículo de espectáculo trepidante y vigoroso, sin más pretensiones que la siempre dignísima tarea de arrastrar al espectador a un catártico itinerario de peligros y emociones en el marco controlado de una ficción. Olvídense de infundadas comparaciones con Gladiator (2000, de Ridley Scott) urdidas por el marketing con el que desacertadamente se trata de vender la película. El cine de romanos en Centurión no es más que un revestimiento estético, mero atrezzo y vestuario para una peripecia que bien podría desarrollarse tanto en el salvaje Oeste (¿a alguien le cuesta sustituir a los pictos por cualquier tribu de indios?) como en otro planeta (lo que vendría a ser una especie de Fantasmas de Marte de John Carpenter). Marshall simpatiza mucho más con el mundo sanguinario de leyenda de 300 (2006, de Zack Snyder) que con las pretensiones de reconstrucción arquitectónica y la invocación de personajes históricos del film protagonizado por Russell Crowe. PeroCenturión tampoco es 300, ni sigue la senda de El rey Arturo (King Arthur, 2004, de Antoine Fuqua) porque no aspira a la épica y sus personajes no son tanto héroes como víctimas de un survival horror. Su película está hecha por los cuatro costados con la sensibilidad de un director de cine de terror, de ahí que haya algo que a muchos espectadores no les va a cuadrar: desde aquella mítica proyección de La montaña del dios caníbal (La montagna del dio cannibale, 1978, de Sergio Martino) en horario infantil porque algún programador creyó que sería un inocente film de aventuras selváticas, no contemplábamos una confusión semejante sobre la identidad real de una película.
En realidad, Centurión es el suma y sigue de la obra de Neil Marshall hasta la fecha. Al fin y al cabo, todas sus películas vienen a tratar con más o menos matices de lo mismo: un grupo de protagonistas son cazados por seres salvajes, representantes de fuerzas devoradoras anteriores a la civilización, indomables, avasalladoramente dionisiacas. Tanto da que sean hombres lobos, monstruos subterráneos, nuevos bárbaros salvajes o pictos. Por eso el retrato de los pictos, antiguos moradores de Escocia que plantaron cara a los romanos, aquí carece de cualquier clase de rigor histórico y se les presenta casi animalescos, brutales, mutiladores y sanguinarios, tal vez caníbales. No son más que la verdad de la muerte y la carne frente a las centurias del Imperio que representaba en aquella época la civilización y por lo tanto lo artificial. Sobre estos pictos que nunca existieron, todavía bromea del director cuando dice en las entrevistas: “Tan sólo hay que mirar el muro de Adriano para entender que los romanos temían algo. ¿No bastaba con establecer una frontera? No: ellos además querían impedir que desde el norte bajase algo terrible.” El muro de Adriano, aquel mismo muro que, ampliado y reforzado, servía de contención enDoomsday para que nada entrase ni saliese de Escocia entera. Un muro, que en la vida real está situado a pocos kilómetros de distancia de New Castle, la ciudad natal de Neil Marshall. Paisajes agrestes, indómitos, indomados: el campo escocés, boscoso y cargado de misterio como el interior de la tierra de The Descent. Un lugar donde los cazadores, los intrusos, se convierten en los cazados, en las víctimas, y los nativos a los que se pretende conquistar, los abandonados, devienen en una trampa, en una revelación cruel y mortífera. Un personaje constante como la Etain interpretada por Olga Kurylenko, que es una especie de versión recrudecida y reforzada de la tatuada guerrera Viper, novia de Sol, el líder de los punkies caníbales de Doomsday. Soldados, como el propio padre del director lo fue, como los protagonistas de Dog Soldiers o los de Doomsday. Hasta ahora Neil Marshall parece haberse movido siempre en círculos concéntricos, en su propio mundo coherente y demasiado semejante a sí mismo.
¿Pero y si un espectador no es seguidor del director, qué encontrará en Centurión? Probablemente menos que si sí lo fuera, pero aún así una película de acción y aventuras con el ritmo y la energía necesarios para pasarlo bien. También un uso de la violencia y la sangre que los que conocemos a Marshall siempre esperamos y hasta casi exigimos, y que en este caso le emparenta con ese esteta del softgore que es Marcus Nispel, una relación que sobre todo se acentúa ya que éste hizo El guía del desfiladero (Pathfinder, 2007) que también era “de época” (concretamente indios contra vikingos) y tenía un tratamiento de la violencia igual de rudo aunque mucho peor ritmo (velocidad en el montaje no es igual a ritmo, algo de lo que parecen olvidarse muchos cineastas de ahora). Claro que Centurión también contiene detalles irritantes que la afean mucho (en realidad, como todas las películas del director), a saber: esa voz en off, esas panorámicas aéreas a lo El señor de los anillos, y sobre todo que no se le haya dado un tratamiento más frontalmente serie B, con planos más claustrofóbicos y una caracterización de los rabiosos perseguidores más misteriosa (si bien la sobreexposición de sus monstruos es otro de los vicios de Marshall). Pero el balance, la suma, me parece sin duda positivo.
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