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Más de cuatro décadas después, Steven Spielberg sigue pensando que en el cielo hay esperanza. En El día de la revelación ésta no llega por el encuentro en sí: llegará por sus consecuencias. Estamos en un momento diferente, y ese es todo el abismo que la separa de Encuentros en la tercera fase. Aquí tenemos al mundo al borde del colapso, de una posible Tercera Guerra Mundial. Las agencias gubernamentales tratan de ocultar los contactos con extraterrestres que ha habido desde los años 50, toda esa serie de hitos que solo los conspiranoicos aficionados a la ufología toman como historia. Otras organizaciones, a priori perseguidas, tratan de revelar la verdad. La mayor parte de la película, consagrada el espectáculo y la acción, es la historia de esa persecución, de cómo se trata de silenciar a estas personas y de sepultar sus pruebas. Algunas de ellas han elegido este camino, como el personaje de Josh O’Connor; otras han sido elegida por fuerza superiores, como el personaje Emily Blunt. Como “villano”, acosándoles, tenemos a Colin Firth. Algunos de los mecanismos usados, tecnología directamente tomada de los aliens, entrarán rápidamente entre las imágenes icónicas de la ciencia ficción de este siglo. Otras escenas, tipo Con la muerte en los talones o Mission imposible, optan por un cine de acción contemporáneo de primer nivel. Pero todo en esta película fluye hacia su único sentido, que es su final: si la verdad es revelada, si los extraterrestres están aquí, si hace tiempo que están con nosotros, ¿sigue teniendo sentido estar desunidos en países antagonistas y apuntarnos con armas? Ese es el mensaje de El día de la revelación.

Creo inevitablemente que Spielberg, norteamericano y judío, hace un comentario sobre su percepción del mundo actual. El fin de la paz que habíamos disfrutado desde el final de la güera fría, la aparición de conflictos como el de Ucrania, Gaza o Irán, las nuevas guerras frías y calientes, Donald Trump como lider mundial impulsivo, etc, marcan un presente político tintado de pesimismo. El derecho internacional está más cuestionado que nunca. Lo que Spielberg dice, imbuido en su espiritualidad habitual, es que puede haber verdades superiores ante las cuales nuestra rencillas tribales y peleas de críos no tienen sentido. Esa es la gran revelación.

El guion, escrito por David Koepp (colaborador frecuente de Spielberg desde War of the Worlds), tiene la inteligencia de no explicar demasiado. Durante la parte thriller de acción de la trama, sabes lo que tienes que saber. Los héroes son heroicos, y el perseguidor es frío y abnegado. Hay numerosos alivios cómicos, momentos simpatiquísimos. Pero sospecho que la película se concibió de atrás a adelante, lo importante, lo único importante, es que acabase como termina. Incluso ahí, la película brilla por su uso de las escenas pequeñas, cotidianas. Margaret en el estudio de televisión, intentando mantener la compostura mientras lee un teleprompter que cambia cada cinco minutos. Su marido (Josh O’Connor) en casa, viendo las noticias y preguntándose si debería haberle dicho algo antes. Los vecinos en la calle, algunos llorando, otros riendo, la mayoría simplemente paralizados… La emoción que embarga a algunos presentadores se corresponde con el nudo en la garganta que tiene el espectador.

Pero El día de la revelación no es perfecta. Hay resoluciones de escenas verdaderamente cursis en el peor sentido, y el clímax resuelve demasiado rápido lo que la película había estado construyendo cuidadosamente. Y en general… se puede identificar que Spielberg se ha quedado un poco anticuado en la manera en que concibe el mundo. Sí, en el momento final de la revelación hay gente siguiendolo con el móvil. Pero a su edad, el autor sigue pensando que la TV tiene todo el poder, y que basta con una cadena importante retransmitiendo algo para que ese algo se viralice. Sin duda así era hasta hace poco. Ahora se siente un poco como un título que ha viajado en el tiempo, desde los 90 o algo así.

Para los fans de Spielberg, El día de la revelación es una experiencia agridulce. Verás cosas que te recordarán por qué te enamoraste de su cine: la composición impecable, el uso del color, esa capacidad única para encontrar lo extraordinario en lo cotidiano. Pero también verás a un director que parece estar luchando contra su propio legado, intentando hacer una película de 1977 en un mundo que ya no cree en ese tipo de historias. El final, en particular, es revelador: Encuentros en la tercera fase terminaba con gente subiendo a una nave, dispuesta a dejar todo atrás por la posibilidad de algo mejor. El día de la revelación termina con gente quedándose en la Tierra, porque ya no hay a dónde ir. Y en esa diferencia, en ese pequeño giro, está todo el peso de cincuenta años de cine, de esperanza, de desencanto. Ojalá los extraterrestres puedan tutelarnos, como los Superseñores de Arthur C. Clark en El fin de la infancia, porque nosotros solos lo estamos haciendo francamente mal.

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