Bajo una apariencia muy sencilla se esconde una excepcional rareza en la que confluye la tradición clásica del cuento de terror del siglo XIX, con “La pata de mono” de Jacobs como claro referente, con un discurso moderno y muy actualizado. Se trata de la clásica historia del “pacto diabólico”, aunque en este caso ni siquiera sabremos con qué se ha pactado. Pero eso es en esencia lo que subyace: un objeto, una rama de sauce que se puede comprar en bazares de baratijas, que concede un deseo al que la rompe. Y dado que mencioné “La pata de mono”, ya supondrán que el deseo no termina precisamente bien… como suele ocurrir, por otro lado. Porque nadie da duros a pesetas, y si existiesen entidades “benefactoras” que conceden deseos, sin duda que no lo hacen altruistamente. O lo hacen “por las risas”, o lo hacen buscando tu destrucción. Tenganlo claro: los entes buenos no pescan con un cebo, si hay cebo es que hay anzuelo…
Pero es que el deseo que pide nuestro protagonista, además, es nada más y nada menos que el amor: concretamente el de Nikki, la chica de la que está (adolescentemente) enamorado. Y este es el punto más interesante de la película, porque a tonto, y entre inquientísimas escenas de gran atmósfera (incluso algún que otro susto), lo que la película está construyendo es una crítica sobre el amor romántico. El protagonista es un pusilánime, y se nos presenta de forma que casi tendría que caernos mal: negliente (mata a su gato por un descuido), cobarde, superado por sus problemas y por la vida… y por supuesto enamoradísimo de la bella Nikki, aunque no se atreve a decírselo, ni que se lo pongan en bandeja. Pero lo cierto es que no nos cae mal, quizás porque el que más y el que menos (y quizás esto sea aplicable también a la audiencia femenina), nos hemos visto ahí: bloqueados, sin dar el paso, y mirando a alguien como la vaca mira al tren. Así que lo entendemos: toma el objeto mágico (maligno), y pide el deseo: “Deseo que Nikki me ame más que a nada en el mundo”. ¿Donde está el problema? Para empezar, en que no está teniendo en cuenta la libertad de Nikki. ¿Y si Nikki no quiere amarle, se lo ha planteado acaso? ¿No sería más justo preguntarle, y en caso de recibir una calabaza pasar página? Pero Obsession se convierte en una metáfora sobre la violencia sexual, porque por supuesto el deseo funciona, y Nikki, en contra de su voluntad, se convierte en una especie de loca celosa mono-obsesiva. ¿O qué otra cosa significa “amarme más que nada más en el mundo”? Inde Navarrette hace un estraordinario papel como Nikki, y Curry Barker la muestra frecuentemente entre sombras y sin que la veamos la cara. Porque si nuestro rostro refleja nuestra individualidad, a Nikki le han robado la suya. Sí, es terrorífico cuando la pobre, poseida por esa “cosa”, le monta el numero al protagonista (que pronto comienza a no estar tan feliz de que le quieran… tanto). Pero es más terrorífico aún como te muestran una escena de sexo, que por música, actitud de ella, y montaje parece (y es) una violación. En definitiva, la película es muy potente. Nos hace preguntarnos si el rollo del príncipe azul, el amor para siempre y los filtros de amor caballerescos no son otra cosa que puro horror y toxicidad. Y por supuesto, la película tiene un crescendo de horror y violencia, hasta un final completamente a la altura. Ya no podemos ignorar la generación de nuevos directores que están surgiendo, y que provienen de crear contenidos para YouTube. Los hermanos Phillipou (Háblame, Devuelvemela) pertenecen a este grupo, y ahora también Curry Baker.



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