Abigail es una de esas películas planteadas sobre uno o dos giros, que empieza de una manera y de repente pasa algo y es como “uuuuuuuuuh” (léase con los labios en forma de tubo y exagerando la vocal) y luego como “woaaaaaaaa” (léase con la boca muy abierta). Ya saben a qué me refiero (Siento que mi dominio del castellano lejos de depurarse cada vez retrocede más). Sin embargo, puede que cueste no ver venir esos giros, porque son la propia premisa, van dados desde el título (sin duda pasa algo con la tal Abigail), a los pocos minutos comprendes que nada es lo que parece, y si encima has visto el tráiler (práctica cada vez más desaconsejable: por lo que a mí respecta hay que ver solo los trailers de películas que ya has visto) ya olvídate de cualquier posibilidad de sorpresa. No recuerdo si entré a ver Abierto hasta el amanecer sabiendo lo que iba a ver, pero al menos la mitad de película sobre los hermanos Gecko estaba muy elaborada, e incluso si habías visto fotos de la Teta Enroscada en Fangoria, conseguía que te olvidaras, o te despistaras momentáneamente al menos. En Abigail gran parte del juego depende también de eso. Es difícil contar la sinopsis incluso sin destripar la sorpresa. Digamos que seguimos a un grupo de secuestradores que capturan a la hija de un hombre rico después del ensayo de ballet (interpretada por Alisha Weir) y la esconden en una casa segura, tras lo cual pasa algo, y descubren que todos están atrapados con… un monstruo. Ahí empieza la fiesta: un ballet mortal, la sistemática carnicería de un personaje tras otro deformas muy gores, tanto los personajes que caen mejor como los personajes que nos caen peor. Aunque bien pensado, quizás la sorpresa sea solo un punto extra, pero en general como punto de partida la película ya funciona si simplemente te gustan los monstruos, la sangre, y las situaciones en localización cerrada, la típica casa. Un divertimento desenfadado y sin pretensiones.
Acrobacias, acción muy entretenida, ningún factor especialmente trascendente, pero en general todo bastante bien planteado, con mucho conocimiento del género, de Alien y si me apuran hasta de Resident Evil (los juegos, no la franquicia cinematográfica). La pareja creativa Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett, verdaderos artífices del reflote de la saga Scream post deceso de Wes Craven, regresan a un escenario similar al de su aclamada Noche de bodas (Ready or Not), un caserón en el que se llevará a cabo un juego mortal del ratón y el gato. De la saga Scream se han traído a su estrella, Melissa Barrera, a la prácticamente impulsaron a primera fila ellos. El resto de personajes son Frank (Dan Stevens), un ex detective que se volvió corrupto; Sammy (Kathryn Newton), una hacker rica que busca emociones fuertes; Rickles (Will Catlett), un ex marine; Peter (Kevin Durand), un ex matón de la mafia musculoso; y Dean (Angus Cloud), un conductor de fuga sociópata con problemas intelectuales. Pero el único personaje con un mínimo de desarrollo es el de Barrera, la mayoría están para ser eliminados.
Seguramente se trata de un film de transición para Bettinelli-Olpin y Gillett, si bien también es una de esas producciones de fondo de catálogo, o festivaleras, o de ver un sábado noche, sin complicaciones, con sustos, saltos, carreras, recovecos en la oscura mansión, diálogos de gente que grita “¡joder!” antes de explotar como una supernova de tripas y sangre, y algún que otro momento álgido. Es decir, la película de terror funcional que hemos visto mil veces, y que en realidad queremos seguir viendo. O seguramente, si estás leyendo esta web y no otra. No es que no seamos exigentes: es que nos va esto.





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